Ana Gilly
Si sos una
persona comprometida o sensible por los derechos humanos, quizás intuyas que
las cosas están cambiando acá y en el mundo. Las viejas guerras recrudecen y
las nuevas no terminan, se asientan democracias neofascistas, el capitalismo
llega a niveles esclavistas y la libertad de expresión está amenazada. Se están
derrumbando las instituciones y tratados internacionales de “paz”, siempre
hipócritas, pero hoy además insustanciales. Es decir, la vida, el primer valor
a defender, está bajo ataque como nunca antes. Y si todo está cambiando, debemos
cambiar también la manera de concebir y practicar la defensa de los derechos
humanos.
En este país
hay una larga, rica y contradictoria tradición. La marcha del 24 de marzo
pasado fue una expresión popular conmovedora, contundente e indispensable de
esta, cultivada durante décadas. Pero también insuficiente, idealmente frágil,
cristalizada y poco reflexiva, en la cual marcharon lado a lado héroes y
heroínas anónimos de la memoria antirrepresiva junto a sectores que por su
obsesión estatalista pactaron con (o escoltan a) distintos gobiernos. Sucede
así, por ejemplo, que defienden los derechos humanos acá, pero frente a la
brutal guerra imperialista en Medio Oriente silencian los crímenes de los
Ayatolá, o defienden al pueblo palestino del nazi-sionista de Netanyahu
justificando el terrorismo de Hamas. Ya no hay lugar –para nosotros nunca lo
hubo– para simpatizar con algún gobierno de turno o para confiar en que desde
la política democrática provenga algún amparo duradero. Es hora de cambiar esta
perspectiva porque los Estados democráticos son y serán cada vez más guerreros
y represores y porque la otrora legalidad burguesa se ahoga en su propio
derrumbe.
Para defender
los derechos humanos debemos empezar por ser las/os primeras/ os en defender la
vida en su conjunto –aquí y en el mundo– contra las guerras y la represión de los
gobiernos locales o invasores. Estar junto a los que se rebelan contra el esclavismo
patronal, junto a los/as inmigrantes contra el nacionalismo y el racismo
creciente abrazando la común humanidad diferente que somos. Liberarnos de los
condicionamientos políticos y conquistarnos una plena independencia de los
Estados, sean del signo que sean. Ser independientes para denunciarlos y estar siempre
del lado correcto, para decidir nuestras ideas y prácticas en plena libertad y
ser protagonistas directos de todo esto.
Es hora de
abrir esta reflexión entre aquellos/as disponibles a hacerlo, cara a cara y sin
mediaciones digitales. No resulta fácil, porque la sana tradición por los
derechos humanos vigente muchas veces se vuelve sorda y resistente a la
exigencia de mejorar. Sin embargo, es urgente, porque lo que está en juego es
nuestro derecho a ser plena e íntegramente humanos.