EEUU y América Latina: el garrote del siglo XXI

 


Ignacio Ríos

La intervención militar yanqui en Venezuela dio comienzo a una nueva fase de la relación entre Estados Unidos y América Latina. El fin del sistema democrático de posguerra y el resquebrajamiento de los pilares de la llamada “civilización occidental” impactan en ese vínculo históricamente desigual y traumático. El respeto a la soberanía, el derecho internacional y el “multilateralismo” saltaron por los aires mientras que Trump ni siquiera se esforzó demasiado en encubrir su operación militar con apelaciones a la democracia y la libertad. En sus declaraciones inmediatamente posteriores, encontraron más espacio los elogios a sus generales y los negocios con el petróleo venezolano. 

La caída de Maduro y el fin de la provisión de energía desde Venezuela está provocando un colapso energético en Cuba. Washington empieza por ajustar cuentas con los gobiernos opositores, pero los acontecimientos venezolanos demuestran que Trump, en último término, contempla la reutilización de las dictaduras y aparatos de dominio si es que aseguran estabilidad para los negocios y contención de los flujos migratorios o del descontento popular. Por eso estaría dispuesto a aceptar un chavismo sin Maduro o una “toma de control amistosa” en Cuba. 

El Estados Unidos de Trump busca el sometimiento directo a través de su potencia militar, incrementar la coerción, el control y el poder opresivo en su “hemisferio” y “patio trasero”, lo que incluye, en primer lugar, el saqueo de recursos y grandes ganancias para sus empresas poniendo límites a la penetración de China. El respeto a la democracia y los derechos humanos queda claramente relegado. Quizás estemos ante las puertas de un “feudalismo posmoderno”¹ en el que los gobiernos deben rendir pleitesía a Trump y responder disciplinadamente ante la Casa Blanca. Para ello es útil la fragmentación política de Latinoamérica. Milei es el abanderado de los gobiernos sometidos, mientras que Lula y Sheinbaum tratan de mantener un cierto equilibrio sin poder solucionar la falta de capacidad de reacción y de respuesta de los Estados latinoamericanos en defensa de sus propios intereses. Esto tiene que ver con las características de la configuración y penetración de los grandes poderes opresivos políticos, militares y económicos en la región, los que apostaron –en complicidad con las burguesías locales– a un saqueo por país que impidió la conformación de un consistente frente de Estados o un mercado común en términos de capitalismo estatal. 

Esto lleva a pensar en las personas que viven en este continente y en su emersión humana. Los lazos entre Estados Unidos y Latinoamérica también están hechos de movimientos humanos y flujos migratorios imparables e imposibles de gestionar por parte de la Casa Blanca. Por otro lado, las poblaciones latinoamericanas desconfían, en su mayoría, de los planes de Washington, pero no encontrarán eco de su memorioso descontento en los respectivos gobiernos, en general, serviles, corruptos y decadentes. Es posible que la situación abra interrogantes y deje márgenes para salidas de sustracción, no ya en clave estatal- nacional, sino en un sentido comunitario.


Ver “El rescate humano es posible contra el agravamiento de la feroz decadencia opresiva” de Dario Renzi en Comuna Socialista 111.