Guerra, economía y nuevas tecnologías: un círculo vicioso de violencia, codicia y deshumanización


 


Facundo Esteban

El uso de las nuevas tecnologías, que incluyen infraestructuras de datos, intercepción de comunicaciones, imágenes satelitales, control de redes sociales, etc. y su integración mediante sistemas de “inteligencia” artificial, hacen hoy posible eliminar la necesidad de intervención humana no solo para la determinación de objetivos militares, sino también para la ejecución de misiones concretas con dispositivos autónomos. Se trata de un viejo anhelo de los poderosos: la eliminación del “débil” eslabón humano en la “cadena de muerte”. 

Decisiones de vida o muerte, como la detención de un inmigrante, la destrucción de la infraestructura de un país, el secuestro o asesinato de un líder extranjero o el bombardeo de una escuela, quedan en manos de un algoritmo que opera sobre un conjunto disperso de datos obtenidos desde miles de dispositivos electrónicos. A miles de kilómetros, en un plazo de segundos, un supervisor (¿todavía humano?) aprueba un bombardeo o asesinato basado en un sistema de información y decisión completamente oscuro, que será ejecutado por un dispositivo autónomo. No por casualidad, más del 60% de las bajas en la guerra de Ucrania son provocadas por aparatos no tripulados, la mayoría de ellos creados a partir de dispositivos disponibles comercialmente. 

La enésima intervención militar de los EEUU presume del uso intensivo de estas herramientas, que siembran muerte, caos y destrucción, pero no implican ningún plan de dominio concreto sobre el enemigo a derrotar militarmente, lo que implica gravísimas consecuencias a largo plazo para las poblaciones, como bien demuestran los casos de Irak, Afganistán o Libia. Cabe destacar que estas tecnologías han sido perfeccionadas a lo largo de décadas de intervenciones militares. Podemos nombrar algunos ejemplos recientes, como los drones utilizados por el gobierno de Obama para bombardear objetivos en Afganistán o el uso masivo de espionaje electrónico israelí para identificar objetivos en los territorios palestinos. En todos los casos, el uso de la tecnología contribuye a reducir o directamente evitar la responsabilidad humana directa cuando un bombardeo provoca la muerte de civiles debido a un “error del algoritmo” o una “falla de comunicación”. Incluso para un soldado de elite, al que se presume entrenado para descartar el conflicto moral al momento de matar, presionar un botón mirando una pantalla en un escritorio es muy diferente de, por ejemplo, disparar en una plaza contra civiles desarmados. 

El uso extendido de las redes sociales como fuente informativa y de la IA para la generación y redacción de noticias también contribuyen en forma directa a la desinformación, limitan el acceso a fuentes fiables y a opiniones críticas sobre los conflictos bélicos, como la guerra contra Irán. Las empresas tecnológicas, con sus propias agendas e intereses, tienen una influencia cada vez mayor en el manejo de la opinión pública, intereses en muchos casos alineados con líderes autoritarios, como es el caso de Trump. Por otra parte, las mismas herramientas y datos que se utilizan para la vigilancia de inmigrantes y jerarcas enemigos sirven a los Estados para catalogar y perseguir a periodistas, simples críticos, manifestantes u opositores. 

El desarrollo de estas tecnologías implica una peligrosa combinación entre codicia inagotable, belicismo estatal fuera de control y máquinas que se presumen “inteligentes”, pero que no son más que “avatares” para los más bajos instintos de sus creadores. Resulta indispensable sustraerse de sus herramientas, que son medios, pero también fines, en su carrera hacia la explotación, la alienación, la acumulación y la destrucción.