Hacia el 24 de marzo: memoria, verdad y justicia, dependen de nosotros


 

Ana Gilly

Este aniversario es, quizás, el que más preguntas nos genera. Será porque la memoria no es estática, cambia a la luz del presente que vivimos y del futuro que anhelamos. Hace 50 años comenzaba una dictadura feroz que mató y secuestró a miles de personas, abrió centros clandestinos de tortura, se apropió de niños/as nacidos en cautiverio, inició una guerra criminal por Malvinas y desapareció a 30 mil personas. Aniquilando a las vanguardias, los militares quisieron aplastar una radicalización humana expandida y contradictoria, presente en amplios sectores de la sociedad. Hoy, con un gobierno liberticida en el poder, muchas/os nos interrogamos: ¿qué pasó? ¿por qué el negacionismo de los crímenes de la dictadura tiene vigencia? Sin embargo, queremos empezar por otra pregunta, más urgente, indispensable para descubrir nuestros recursos humanos y mejorarlos juntas/os: ¿por qué todavía persiste una memoria colectiva antirrepresiva tan extendida? 

Una trama humana 

Un grupo de madres que cambiaron su vida sencilla por una extraordinaria desafiando la dictadura y la amnesia democrática. Mujeres, no casualmente, que marcaron un camino lejos de la revancha, inspirado en el valor de la vida y la justicia. Una generación que creció mirándolas, muchos de aquellos jóvenes irrumpieron como protagonistas para que la verdad sobre el genocidio emergiera, porque la memoria y la justicia concernía también a su presente y futuro. Así, junto con un amplio sector de la población, se inventaron las mesas de escraches, que sacaban del anonimato a los genocidas. Los/as artistas hicieron lo propio con Teatro por la identidad, junto a miles de espectadores que seguían buscando a los hijos y nietos apropiados, mientras que en las salas de cine se proyectaban películas como Juan, como si nada hubiese sucedido. Por otro lado, un valiente grupo de científicos, el Equipo Argentino de Antropología Forense, donó sus saberes para identificar los cuerpos NN, un trabajo que fue y es posible gracias a personas comunes que se volvieron intrépidas investigadoras recolectando información en sus pueblos y ciudades. Aparecieron también los/as hijos/as desobedientes de genocidas, recordándonos que la identidad puede elegirse desafiando (¡y cómo!) los lazos sanguíneos. Hubo trabajadores díscolos del poder judicial que hacían circular los expedientes evitando la caducidad de las causas contra los represores; docentes que, sin necesidad de ley alguna, aprovechaban cada ocasión en las aulas para transmitir un poco de memoria; vecinas/os que se apropiaron de los centros clandestinos de detención de sus barrios y, festivales mediante, los transformaron en centros culturales. 

Es decir, una trama de la memoria humana tejida desde abajo, que pone de manifiesto nuestra capacidad –tan necesaria hoy– de unirnos para defender la vida y un creativo protagonismo solidario para buscar el bien común y la libertad. Una memoria mejorable, que todavía debe hacer cuentas con los límites y contradicciones profundas de aquella radicalidad expandida de los años 70. 

La conciencia profunda de todo esto, sin embargo, es muy frágil. La izquierda mayoritaria, más allá de la valiosa persistencia en la lucha por los derechos humanos, se abocó a absolutizar los aspectos económicos y políticos sobresalientes del recorrido de las últimas décadas (reales, pero no únicos) subvalorando así la fuerza que brota del tejido humano y capilar que sostiene la memoria contra el olvido. Una fuerza que los/as propios protagonistas subestimaron al depositar sus expectativas en las instituciones democráticas. 

La trampa estatal 

Se erigió un conjuro estatal democrático para romper la memoria colectiva. Primer intento: Alfonsín y Menem y sus proyectos de reconciliación a través de las leyes de Punto Final, Obediencia Debida y los indultos. Las leyes se impusieron, pero aquella trama humana resistió y creció. Luego, los gobiernos kirchneristas fueron a la ofensiva: desplegaron un plan de cooptación para apropiarse de la iniciativa independiente, imponiendo una memoria oficial e institucional prepotente, haciéndose portavoces de todo aquello que tan radical y pacientemente se había construido. No hubo resistencias significativas, más bien una masiva delegación (y, en el caso de muchos organismos de derechos humanos como un sector de Madres de Plaza de Mayo, directamente traición) aceptando un tutelaje estatal que obstaculizó la defensa de los derechos humanos. Seamos conscientes de que la memoria, la verdad y la justicia no pueden ser confiadas a los Estados, porque la fuerza que les entregamos es directamente proporcional a la debilidad de nuestro protagonismo directo y solidario. Hoy gobierna Milei, el más peligroso desde 1983 por su carácter liberticida, misógino y patronal sin filtros. La expresión más pútrida de una democracia decadente. Aprendamos juntos: ya no hay más márgenes para la delegación ni para expectativas en las instituciones. Defendamos las libertades democráticas elementales promoviendo un frente único entre fuerzas de izquierda, seamos protagonistas de una memoria activa que impulse un posicionamiento ético cotidiano, luchemos por una verdad independiente y combativa, elijamos ser mejores personas, más justas y solidarias, unidas en la defensa de una vida libre y digna para todos. Es decir, preparemos juntas/os la próxima marcha del 24 de marzo como una ocasión para crecer, para aprender, para mejorar nuestra conciencia sobre aquello que fuimos y somos capaces, y así combatir mejor a los negacionistas de ayer y de hoy. Depende de nosotros/as.