Camilo Sans
La semana
pasada se conoció la noticia de que el Equipo Argentino de Antropología Forense
(EAAF) logró identificar a doce desaparecidos producto de excavaciones en un campo
que formaba parte del predio del ex centro clandestino de detención “La Perla” (Córdoba).
Se trata de restos altamente fragmentados y mezclados, producto del intento de
destrucción de evidencia por parte de los militares.
Fue posible
lograr la identificación gracias al profesionalismo del EAAF, pero no solo.
Como ha sucedido en los otros casos, fue factible en gran medida gracias a la
participación activa de tantas personas. De aquellas directamente relacionadas con
los desaparecidos, pero también de quienes vieron o escucharon algo y decidieron
atesorarlo en su memoria pensando que en algún momento sus recuerdos podían ser
valiosos. Años después, esos recuerdos junto con otros, y en función de una
interpretación de los hechos, se transformaron en información y cobraron un
sentido más grande al contribuir al conocimiento de la verdad. Es el caso de un
baqueano que presenció inhumaciones en fosas comunes improvisadas en 1976 y se animó
a dar testimonio en el Juicio a las Juntas, y así señaló dónde buscar. También
es el caso de quienes eligieron donar sus muestras de ADN para conformar el
Banco de Datos Genéticos que permite utilizar la técnica para identificar a los
desaparecidos. O de cientos de personas que han dado testimonios que han
permitido reconstruir los diversos modus operandi de los militares en La Perla
y demás sitios y, así, generar hipótesis que guiaran la búsqueda de los restos.
Se trata,
también, del compromiso humano de los propios integrantes del EAAF quienes,
habiendo comenzado en 1984 con poco y nada de conocimiento de “lo forense” —y
que siempre han promovido la colaboración de la gente en sus investigaciones, inclusive
en las excavaciones, que siguen un método científico para preservar la evidencia—
se han ido profesionalizando e incorporado técnicas en función de una búsqueda
de la verdad llevada a cabo un poco dentro del laboratorio y gran parte fuera, junto
a las personas involucradas. Familiares, amigos y ex compañeros de los
desaparecidos no solo los reconocen por su profesionalismo, sino por su fibra
humana que se expresa, por ejemplo, en su elección de dar siempre las novedades
de sus investigaciones a los allegados a las víctimas en persona y de respetar
su decisión de cómo recibirla y comunicarla públicamente. Lo cual habla de un cuidado
por la información y por su transmisión, pensada no como un frío acto
administrativo, tan habitual en la justicia estatal, sino como un acto humano.