Solo la guerra en el horizonte de los poderosos

 




Facundo Esteban

La mayor intervención militar de los EEUU desde la Guerra de Irak (2003) plantea una gravísima amenaza para Irán y toda la región. El gobierno de Trump, envalentonado por la Operación Martillo de Medianoche (bombardeo de instalaciones nucleares iraníes en junio de 2025) y por la reciente captura de N. Maduro en Venezuela, ansía anotarse nuevas “victorias” en el plano internacional. En este caso, en plena alianza y coordinación con el genocida gobierno israelí de B. Netanyahu, ha iniciado una serie de ataques sobre Irán. Se enuncian objetivos confusos e imprecisos por parte de la gran potencia: ¿Evitar la fabricación de armas nucleares? ¿Detener el incremento de capacidades misilísticas? ¿Detener la represión a las protestas internas? ¿Eliminar al líder teocrático? ¿Evitar la injerencia de China? ¿Todas o ninguna de las anteriores? 

Hasta el presente llegan las esquirlas del último intento de cambio de régimen en la vecina Irak: una guerra de larga duración, centenas de miles de muertos (civiles en su mayoría), milicias armadas enfrentadas en conflictos sectarios –algunas de las cuales dieron lugar al surgimiento del ISIS neonazi–, por no hablar de las desastrosas consecuencias diplomáticas, políticas y económicas para la primera potencia militar mundial. Durante al menos dos décadas, el propio régimen iraní aprovechó estas circunstancias para capitalizar su retórica antinorteamericana y antiisraelí, lo que implicó un aumento de su influencia y poder regional. 

Incluso algunos de los más leales aliados regionales de EEUU son escépticos respecto de la intervención militar. Los bombardeos “selectivos” y la muerte confirmada de algunos de los principales líderes del régimen de los ayatolas (incluida la de A. Khamenei), aun cuando se descartaría a priori una invasión terrestre, no permiten avizorar alternativas pacíficas y ordenadas frente a un gobierno altamente represivo y militarizado. Tampoco será posible ocultar el brutal asesinato de decenas de niñas en una escuela iraní o las represalias con misiles y drones sobre diversos países que cuentan con bases militares de EEUU. 

La interminable catarata de conflictos y potenciales objetivos militares que plantea el presidente Trump, cuyos ejemplos más recientes incluyen a Groenlandia y Cuba además de Irán y Venezuela, constituye una muestra cada vez más evidente de la falta de estrategias de largo alcance y del peligroso nivel de improvisación en el ejercicio del poder. Este solo atiende al interés personal y a objetivos a muy corto plazo, cada vez más incapaz de intentar comprender o integrar las complejas aspiraciones y realidades de sociedades y culturas diversas. 

Resulta significativo que el presidente Trump, cuya campaña estuvo dedicada en gran parte a anunciar el fin de las guerras de intervención en el extranjero, elija ahora iniciar una escalada militar de gran envergadura en Medio Oriente. Para el gobierno norteamericano, la cada vez más descarnada prioridad económica y militar está significando en los hechos una preeminencia del rol presidencial, que se vuelve vez más autoritario y personalista. Se trata por tanto de una guerra que sirve como salida hacia adelante frente a una situación interna asediada por las divergencias crecientes dentro del movimiento MAGA*, el obligado retiro del ICE de Minneapolis, el distanciamiento de legisladores del Partido Republicano de cara a las elecciones de medio término, las repercusiones del caso Epstein o la sentencia de la Corte Suprema en contra de los aranceles impuestos por Trump. 

El militarismo y las guerras que ofrecen los poderosos en medio de la disgregación de su mundo solo aumentarán el caos y la violencia, fomentando más muertes, autoritarismos y represión. Es fundamental denunciar esta espiral belicista y prepotente, tanto para defender la vida como para no ser arrastrados por la decadencia de los proyectos burgueses. 


*MAGA: Make America Great Again (Hagamos a EEUU grande otra vez).