Belicismo y vigilancia

 


Facundo Esteban

El desarrollo tecnológico durante la modernidad ha sido movilizado en gran medida por las necesidades bélicas de los Estados, especialmente a partir de las dos guerras mundiales que fueron el campo para pruebas y contrapruebas de la capacidad asesina de los poderosos. EEUU, como principal potencia de la segunda posguerra, desarrolló un complejo militar industrial que fue una de las claves de su poder al integrar el desarrollo científico tecnológico, las empresas fabricantes de material bélico y los objetivos estratégicos estatales. 

En esta fase de belicismo y maquinación, EEUU se encuentra a la cabeza de estos desarrollos. El impulso de la IA se considera una cuestión de seguridad nacional, parte de una carrera armamentística con China y otras potencias. El gobierno de Trump toma medidas para evitar limitaciones a estos sistemas en su potencial aplicación para armas letales completamente autónomas. La infraestructura digital se asimila no solo para la siempre prioritaria función militar, sino también para el funcionamiento de la burocracia del Estado, cada vez más dependiente de sistemas que manejen gran cantidad de información, que, por supuesto, estará disponible para la vigilancia de la ciudadanía. La integración tecnológico estatal avanza con la creación de una unidad denominada US Tech Force para unificar los servicios de las principales empresas de tecnología en agencias de seguridad como ICE, mientras que el nuevo Destacamento 201, el Cuerpo Ejecutivo de Innovación del Ejército, incorpora con el grado de teniente coronel a cuatro ejecutivos de las grandes tecnológicas. 

De esta manera, las empresas evitan cualquier limitación (técnica, legal o económica) a su desarrollo y cuentan con una fuente (estatal) de financiamiento y promoción que respalda cualquier tipo de proyecto o inversión privados. No por casualidad, ocho de las diez empresas más grandes del mundo son del rubro tecnológico y de capitales norteamericanos, lo que da un indicio de la enorme influencia que tienen para la economía y la política del país. Los productos y aplicaciones de empresas como Google, Microsoft, Meta, Amazon, OpenAI (ChatGPT), Anthropic (Claude), xAI (Grok), Blackstone, Clarifai, Palantir y otras no solo buscan usuarios y contratos a nivel global, sino que también son parte de una economía bélica en expansión. A medida que se multiplican conflictos interminables y terceros países buscan acrecentar sus arsenales, aquellos son utilizados como moneda de cambio económica y diplomática por el propio gobierno norteamericano, mientras se disparan los beneficios para los accionistas. 

Por otra parte, los expertos alertan sobre el crecimiento de una burbuja financiera de las empresas del sector, mientras que la enorme demanda de agua y energía de los centros de datos (se estima que un 8% de la energía mundial ya se dedica a la IA) se contrapone frontalmente con las exigencias de, por ejemplo, atemperar las consecuencias del cambio climático. Los agoreros tecnológicos, tan profusos en futurología pseudo científica, parecen no interesarse en absoluto por estas y otras problemáticas concretas. 

La integración de estos desarrollos bélicos y de control social a gran escala implica una nueva aceleración de la deshumanización que proponen los poderes opresivos. Imaginar un presente y un futuro diferentes requiere confrontar estas tecnologías y a sus apóstoles a pequeña, mediana y gran escala.