Fabio Beltrame
En abril de 2026, la realidad de Medio Oriente está signada por la férrea lógica de asesinabilidad de un hombre que tiene la guerra como único lenguaje: Benjamin Netanyahu. El criminal genocida israelí sigue por su camino: hacer “tabula rasa” de Medio Oriente tirando abajo aldeas, atacando centros neurálgicos, destrozando infraestructuras civiles, cosechando decenas de miles de víctimas y heridos por donde quiera que el ejército israelí pueda atacar. La última operación contra Hezbollah, “Flechas del Norte”, revela la voluntad de imponer un orden regional basado en el dominio bélico del Gran Israel. Para el pueblo libanés, una vez más, la existencia se tiñe de dolor y destrucción y un eventual alto al fuego concedido por Netanyahu es solo una suspensión entre una guerra devastadora y la sucesiva, que es peor que la precedente. Del mismo modo, pero envuelta en el silencio y la indiferencia, no se detiene la constricción agresiva contra el pueblo palestino, atrapado en la franja de Gaza donde continúa el exterminio cotidiano de vidas inocentes, ni en Cisjordania donde la expulsión de la población palestina es, más que nunca, casi total. El proyecto infernal del Gran Israel, que destroza decenas de miles de vidas en Palestina, en el Líbano, en Irán y en el norte de Siria, es posible también por el inquietante silencio y la condescendencia que lo circunda. Netanyahu no actúa en el vacío, sino con la complicidad hipócrita de muchas cancillerías europeas y, en primer lugar, de su colega criminal Trump. Pero no solo.
De hecho, el siglo pasado enseña que cuando una sociedad, ante la destrucción sistemática del otro, deja de disentir y vuelve la mirada hacia otro lado, la responsabilidad deja de ser de un solo potente criminal, sino que pesa sobre un pueblo entero. Hoy, la indiferencia, si no el explícito consenso, concierne a una gran parte de la sociedad israelí. Aquella que en los años setenta y ochenta irrumpió en las plazas del país, no solo contra la enésima masacre de palestinos en Jordania y después en el Líbano, sino, sobre todo, por la convivencia y la paz, hoy está habituada al olor de la pólvora de disparos y a la retórica de la seguridad que justifica toda clase de matanza humana. Salvo raras y preciosas excepciones que gritan contra el militarismo hegemónico, no hay una plaza en Israel que grite con fuerza cada día, cada hora: “¡No en mi nombre!”; no hay una rebelión que entone: “¡Paz, ya!” por el Líbano y “¡Detengan hoy, no mañana!” la agonía infinita de la población de Gaza y de Cisjordania. Es también en el silencio indiferente, entonces, que se apoya la agenda bélica de Netanyahu y de sus cómplices.