Griselda López
Los números escandalizan. De acuerdo al relevamiento que el INDEC hizo en el segundo semestre de 2025, hay en Argentina 8,5 millones de pobres y 1,8 millones de indigentes, con un menor acceso a la red pública de gas, agua potable, servicio de desagües y viviendas dignas que estén alejadas de basurales o zonas inundables. A esto se agregan las conclusiones del Observatorio de la Deuda Social Argentina de la UCA que registró que un 53,6% de los niños y adolescentes del país son pobres y un 10,7% se encuentra en la indigencia.
Frente a esta realidad persistente, la Iglesia católica, en la voz del arzobispo de Buenos Aires, Jorge García Cuerva, reivindicó la justicia social como parte de la doctrina que representa. En un contexto donde solo avanzan los recortes presupuestarios y el enriquecimiento de los poderosos de siempre, decir “no ajustemos con los más pobres” tiene un valor fundamental. La Iglesia católica, sin dejar de ser una institución opresiva, jerárquica, profundamente patriarcal y con numerosos casos de abuso en su interior, vuelve, no obstante, a conectar su vocación de servicio y ayuda a los más débiles con una realidad social dolorosa, que es imposible ignorar.
El llamado del arzobispo García Cuerva a practicar una vocación del compromiso y cuidado, en especial de niños, ancianos y personas con discapacidad es un llamado al apoyo mutuo y a la solidaridad, al ejercicio de una lógica del bien. Que lo pida uno de los máximos representantes locales del catolicismo en un momento aciago del país y del mundo es auspicioso, pero, ante todo, necesario. Es un gesto que nada tiene que ver con las execrables riñas políticas de todos los días, sino con la exigencia de humanizarnos.