Ignacio Ríos
Cuando el 3 de enero Trump lanzó su operación militar en Venezuela para capturar a Maduro, se produjo un cambio importante. Hasta hace poco, tal accionar imperialista era algo impensado por su coste y consecuencias, también debido a las posibles respuestas del régimen supuestamente paladín del antiimperialismo en el continente. En su libro Venezuela. Ensayo sobre la descomposición, José Natanson –seguramente en un exceso de entusiasmo– lanzaba la hipótesis de que ante un escenario de ese tipo no solo se corría el riesgo de que entraran en escena los amigos de Venezuela (Rusia, China, Irán… y Cuba), sino que, ante la evidente disparidad de fuerza militar, la Fuerza Armada Nacional Bolivariana (FANB) apostaría a una interminable guerra de guerrillas acompañada por la movilización de miles de civiles encuadrados en el Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV).
Más allá de estas conjeturas, y del total empirismo de Trump, es claro que no hubo ninguna oposición heroica antiimperialista ni guerra de guerrillas de parte del gobierno o del ejército venezolano, sino un veloz encuadramiento ante los designios neocoloniales de la Casa Blanca. Delcy Rodríguez y los jerarcas del chavismo descabezado jugaron su mejor carta: presentarse como los únicos que podían mantener el orden para los negocios que Trump tiene pensados en Venezuela, lo que evidentemente no garantizaba María Corina Machado. La reforma de la Ley Orgánica de Hidrocarburos y la Licencia General 46 prácticamente entregan el petróleo venezolano a las corporaciones yanquis, lo que fue aprobado por la Asamblea Nacional sin escándalo alguno.
Algunos análisis, incluso de parte de la izquierda*, explican esta situación por el “vaciamiento” o “degeneración” del proyecto bolivariano, carente hace tiempo de la movilización popular que lo había caracterizado en su mejor momento.
La verdad es que el chavismo fue un embuste desde sus mismos orígenes, cuando supo capitalizar el desprecio de la mayoría de la población hacia la derecha arrastrada y servil y el empresariado rentista. El carismático Hugo Chávez, en un momento de auge del populismo caudillista continental, aprovechó las inmensas reservas petroleras de su país y el coyuntural aumento de su precio para otorgar concesiones importantes a los sectores populares y solventar la batería de nacionalizaciones. Es decir que, a su manera, también dependía del negocio del petróleo y, por ende, de los circuitos capitalistas y de las grandes corporaciones que compraban o distribuían el petróleo venezolano. Las tradicionales clases altas venezolanas fueron reemplazadas por la “boliburguesía” y tanto Chávez como, sobre todo, Maduro dejaron en las manos de los militares resortes importantes de la economía. Las simpatías populares (ahora casi inexistentes en un país del que emigraron millones de personas) fueron instrumentalizadas y traicionadas.
Se entiende un poco más por qué la demo-dictadura chavista se entregó sin gloria ni honor. La defensa de la dignidad de la gente común de Venezuela depende de expresiones mucho más genuinas y desde abajo, como las recientes movilizaciones en Caracas por aumento de salarios y pensiones.
*Podemos citar los artículos de la revista internacional de la Liga Internacional Socialista (LIS) de marzo, donde se encuadra el MST.