Tomás Moresco
Dos gigantes en la perversa maquinación digital, Meta (dueña de Instagram, Facebook y Whatsapp) y Youtube (hoy parte de Google), perdieron un juicio clave contra una joven que usó repetidamente sus plataformas desde los 6 años, después de que se comprobase que habían diseñado adrede características y funciones adictivas y perjudiciales para la salud mental. Este caso sienta un antecedente importante para que muchísimas personas, sobre todo jóvenes y adolescentes, puedan denunciar con éxito a los magnates de Silicon Valley por atentar contra su bienestar y humanidad, sirviéndose de estrategias perniciosas (“recomendaciones” con algoritmos, scroll infinito) que suelen agravar condiciones como la ansiedad, depresión y trastornos alimentarios.
Está claro que a la tecnoburguesía no le importa en absoluto causar daños psicológicos severos en la juventud (e incluso en la infancia) con tal de generar aún más ganancias, y es auspicioso que personas comunes (no por casualidad, las madres de las/os denunciantes) elijan reaccionar colectivamente para ponerles un freno por la vía judicial. Pero para nosotros no es suficiente esta batalla. Para enfrentar y combatir más convencida y profundamente la deshumanización a la que buscan someternos con la tecnología ligera, hace falta volver a poner en foco nuestras propias capacidades y facultades, las raíces que nos hacen más y mejores humanos, el tesoro que, si cultivamos cotidianamente, con coordenadas teoréticas y junto a los demás, puede abrirnos la puerta a un verdadero bienestar: una conciencia más despierta y disponible, una sentimentalidad más reflexiva y profunda, una subjetividad más elegida y recíprocamente enriquecedora. Quizá un camino exigente y de muy largo aliento, pero, frente a un sistema que se derrumba de forma violenta y estrepitosa, sin duda una alternativa creíble para una vida mejor.