China en América Latina: cuando hay estrategia de expansión


 


Ignacio Ríos

La relación entre los países latinoamericanos y China nunca fue lineal. Los sectores dirigentes del proceso de conformación de los Estados de este continente se referenciaban en la tradición ilustrada europea y miraban hacia esa parte del mundo y hacia Estados Unidos, regiones desde donde debían provenir los inmigrantes necesarios para mejorar la “raza” local. Desde ese punto de vista, la inmigración china, así como la proveniente de África y de otros lugares de Asia, era mal vista porque representaba la “barbarie” y el “atraso”. La gente de China hasta quedaba por fuera de la mezcla que José Vasconcelos se imaginaba con la nueva “raza cósmica” latinoamericana, una visión racialista que, al igual que el racismo más tradicional, también negaba la humanidad común y diferente que somos. 

China, sin embargo, nunca dejó de observar a América Latina. A partir del siglo XIX, la inmigración china comenzó a crecer debido a la demanda de mano de obra agrícola, sobre todo en los países del lado del Pacífico (Perú es el gran ejemplo). Incluso algunos cuadros políticos chinos estudiaron el desarrollo de las instituciones republicanas latinoamericanas previamente al colapso de la monarquía de la dinastía Qing. Esto iba acompañado de encuentros diplomáticos y de primeros acuerdos mercantiles que fueron creciendo en relaciones comerciales complementarias, tanto más cuando el Partido Comunista Chino abrazó el capitalismo. 

En su manifiesta decadencia, EEUU quiere volver a concentrarse en su “patio trasero”, pero debe hacer cuentas con la fuerte posición conquistada por China luego de décadas de expansión y negocios. Sin hacer estridencias, hoy China es el principal socio comercial de numerosos países latinoamericanos y una de las más importantes fuentes de inversión y de proyectos de infraestructura, sobre todo en las áreas extractivas, tecnológicas y energéticas. Estos enormes negocios se llevan adelante con rapacidad estratégica y con un pragmatismo flexible que busca adaptarse a cualquier gobierno, incluso a aquellos ideológicamente lejanos. Todo esto, acompañado por una retórica que marca una supuesta “horizontalidad” entre naciones del “sur del mundo”, algo más amable a los oídos de los sectores dirigentes locales. Desde una intención expansiva y opresiva, China tiene una estrategia: cada diez años, publica un libro blanco con su política hacia América Latina y el Caribe. El último -el año pasado- insistía en la necesidad de una “coexistencia pacífica” y en el respeto de la soberanía y la integridad territorial, también de un “desarrollo sostenible”. Al mismo tiempo, Trump lanzaba aranceles comerciales para todos lados, humillaba a distintos gobiernos, se metía en la política doméstica y entró militarmente a Venezuela para secuestrar a Maduro y quedarse con el negocio del petróleo. ¿Quién es más creíble, confiable y estable? 

La estrategia de expansión de China obviamente obedece a una intención opresiva que también conlleva serios riesgos para las poblaciones y para la naturaleza. Sin embargo, la diferencia existente con la brutalidad y la prepotencia del Occidente decadente encarnado por Trump, Rubio y sus secuaces, hacen que aquella nación cuente todavía con importantes márgenes de maniobra.