Mariana Camps
Mucho se habla del aumento de la violencia en Argentina. Más allá de que no hay datos oficiales desde 2024 y que el tema suele manipularse con fines políticos y mediáticos, es bastante evidente que la violencia permea cada vez más la vida cotidiana de las personas.
Se trata de una cuestión que no puede pensarse por fuera del belicismo creciente a nivel mundial. Los Estados y los poderosos expresan cada vez más su desprecio por la vida. Someten a poblaciones enteras a dramas inenarrables, empezando por las y los palestinos de la Franja de Gaza, y, a su vez, ponen la vara cada vez más baja a los niveles de aceptación de violencia y maltrato en cualquier lado.
A nivel local, Milei es un prepotente sin control que agrede verbalmente a todo aquel que ose cuestionarlo mínimamente y destila crueldad hacia los más débiles. Lo hace protegido desde lo alto de la investidura presidencial haciendo gala de un verticalismo que seduce a frustrados y revanchistas. La sociedad de extraños y potencialmente enemigos, atravesada a su vez por el aumento del crimen organizado, está más que permeable a expresar sus disvalores y descomposición ejerciendo violencia hacia los demás.
Hay quienes sí, de manera independiente, se encargan de confeccionar y publicar datos, como CORREPI. Así es que sabemos del aumento del gatillo fácil, de las muertes en lugares de detención e incluso del aumento de los femicidios cometidos por miembros de las distintas fuerzas de seguridad. En total se registran más de mil asesinatos por parte del aparato represivo en un año y medio de gobierno de LLA. Un dato alarmante que probablemente se explique por la impunidad que brindan a los uniformados Milei y Bullrich.
Al mismo tiempo, y pese a que la violencia de género no cesa, la senadora de Juntos por el Cambio Carolina Losada, apoyada por otros legisladores de derecha, presentó un proyecto para castigar a las mujeres con hasta seis años de prisión en caso de “falsas denuncias de violencia de género”. Aducen que habría una “ola” de este tipo, pero lo cierto es que dicho fenómeno no existe en absoluto. Según los Ministerios Públicos Fiscales, las denuncias falsas representan menos del 0,1% de las totales por violencia machista y el verdadero problema es el subregistro, ya que el 77% de las mujeres que sufren violencia de género no se animan a denunciar a su agresor. Medidas así, en caso de prosperar, solo darán más amparo y aliento a los violentos.
Evidentemente, se trata de un tema importante y complejo que requiere abordajes desde diversos puntos de vista, pero aun así, lo que sí está claro es que la violencia que ejercen, inspiran y encubren los de arriba no cesa y que frente a ellos la gente común está cada vez más desprotegida.
Mientras tanto, en los barrios populares, miles de mujeres expresan la fuerza gentil y cálida del género que está primero en el cuidado de la vida: se ponen al frente de los comedores populares y de diversas iniciativas solidarias, de espacios para adolescentes de protección frente al narco y de las movilizaciones contra el gatillo fácil, por poner algunos ejemplos. Ellas y quienes las acompañan representan una reserva fundamental de espíritu comunitario a valorizar si queremos ponerle freno a la violencia.