Cecilia Buttazzoni
En Argentina, la natalidad descendió un 40 por ciento en menos de una década, provocando un estimado de 1,4 hijos por mujer, un índice más bajo que el 2,1 necesario para el reemplazo poblacional. Es difícil y sería incorrecto aventurarse a responder sobre los motivos por los cuales crece la tendencia de las mujeres a tener menos hijos, en este país y en otros lugares del mundo; sin embargo, es un indicador que puede abrir distintos interrogantes. Por ejemplo, ¿será que muchas mujeres no desean traer hijos a un mundo donde las guerras y la violencia se expanden sin fin?, ¿temen no poder garantizarles dignas condiciones de existencia?, ¿les preocupa encontrarse solas en el cuidado de los pequeños?, ¿o quizás será que para tantas, gracias a décadas de lucha y protagonismo, se abrieron nuevos horizontes en sus vidas distintos a la maternidad biológica?
Hacernos estas preguntas puede ayudar a descubrir algunas razones de esta íntima decisión femenina que involucra su propia integridad y el pensamiento sobre el bien de las y los niños que vendrán. Muy distintas son las razones de los Estados, ligadas a obtener reservas de mano de obra civil y militar para perpetuar sus proyectos opresivos, y para ello precisan doblegar las decisiones de las mujeres y condenar a los niños a condiciones de vida más precarias y riesgosas. Están desesperados, no saben cómo revertir esta situación y apelan a medidas más o menos disparatadas y peligrosas para inducir y obligar a las mujeres a tener hijos. Por ejemplo, en un pueblo de Francia, el alcalde decidió enviar una carta por mes (claro, ¡la cigüeña desde París!) a todos los domicilios para explicar la “situación natalicia”, argumentando la importancia de que haya más niños en el pueblo; conocido es el caso de China que, luego de casi cuatro décadas de imponer la política del hijo único, en los últimos años está otorgando beneficios económicos para que las mujeres tengan al menos un hijo; o Rusia que induce de manera prepotente el embarazo adolescente porque cuanto antes comiencen a ser madres más hijos tendrán.
Pero a pesar de que los Estados intenten controlar –y en parte logran condicionar– la elección de las mujeres, ellas siguen encontrando caminos para decidir con relativa independencia. Una realidad que enfurece a los países que toman medidas cada vez más prepotentes e invasivas. Es indispensable defender la libertad de elección de las mujeres contra los Estados y sus discursos y prácticas patriarcales, que quieren negar lo evidente: somos las mujeres las que damos la vida y las que decidimos sobre la maternidad.