Mucho más que una semifinal (por desgracia)

 



Mario Larroca

Más que una sana competencia deportiva, en este Mundial de fútbol parece ponerse a prueba la cantidad de odio, de violencia y de racismo de la cual somos capaces los seres humanos de diversas proveniencias. Como si no fuera suficiente con la furia belicista que entre, bombas y maquinación digital, diseminan los Estados y los poderosos que están destruyendo el planeta, las sociedades se suman cual siervos voluntarios a su lógica de muerte, alienación y destrucción. La común humanidad diferente que somos como especie podría evidenciarse en una lógica de encuentro y de amistad, de simpatía y de solidaridad, de conocimiento y de interetnicidad entre gentes que asisten o simplemente se apasionan a distancia por la más cosmopolita de las citas del juego de la pelota.

Pero no; lo que se manifiesta es el intento de transformar, por ejemplo, una semifinal Inglaterra- Argentina en una ocasión para reeditar y dirimir un conflicto bélico de 1982 pergeñado entre una potencia colonialista imperialista -de cuya cabeza, la criminal primera ministra Margaret Thatcher, el liberticida Milei se declara admirador- y una dictadura genocida que pretendía, con la aventura de la invasión, superar su creciente impopularidad y perpetuarse en el poder. Detrás del declamado “es mucho más que un partido de fútbol” y de que estaría en juego la "unidad en defensa de la patria", lo que expresa este espíritu de revancha es la ruptura sistemática y persistente de un sentido de humanidad y de valores de convivencia positiva que está gangrenando a las sociedades y se alinea sin chistar al derrumbe de los opresores de Occidente.

Acá es donde la polarización y la “grieta” se terminan, donde mueren las palabras. Con la argentinidad al palo -neologismo obscenamente patriarcal asimilado por la “cultura de masas”- políticos y periodistas, intelectuales y artistas de izquierda a derecha alimentan el veneno y la violencia nacionalista disfrazándolas de lucha anticolonialista y por la memoria de los "pibes de Malvinas". ¿Se referirán con esto a los “héroes” de la calaña de Rico y de Seineldín, de Pedro Giachino, Benjamín Menéndez, Astiz y toda esa banda de genocidas que, no conformes con las desapariciones, los robos de bebés y los vuelos de la muerte, también torturaron a los soldados en las Islas?¿O evocarán a estos últimos, los conscriptos que murieron en combate, de hambre y de frío y que luego fueron ignorados por todos los gobiernos y la sociedad democrática?¿Ocultan deliberadamente o ignoran que hubo quienes, en tiempo real y a contracorriente, supieron oponerse con coraje a la guerra, como las Madres de Plaza de Mayo con su consigna "Las Malvinas son argentinas, los desaparecidos también" (independencia que luego abandonaron con la llegada de los gobiernos kirchneristas)? En definitiva, ¿vale la pena hacerse portavoz de esta inmundicia patriotera liberal, progre y peronista?¿Qué tiene de bueno y de civilizado, de igualitario o de revolucionario inducir al enfrentamiento entre personas comunes que simplemente nacieron en lugares diferentes, con la excusa de un partido de fútbol?